Introducción: Una figura que proyecta su sombra sobre la historia
Pocas figuras de la profecía bíblica despiertan tanta fascinación y, al mismo tiempo, tanta confusión como la del Anticristo. La cultura popular lo ha caricaturizado hasta el absurdo, y no pocos creyentes lo han buscado equivocadamente en cada gobernante autoritario de su generación. Sin embargo, la Escritura, interpretada de manera literal, gramático-histórica, nos ofrece un retrato coherente y sobrio de este personaje. Desde la perspectiva dispensacionalista premilenarista, el Anticristo no es un mito ni una mera personificación del mal abstracto, sino un hombre real que surgirá en un momento concreto del programa profético de Dios.
Comprender quién es el Anticristo, cuándo aparece y qué relación tiene con la Iglesia es fundamental para no caer ni en el temor infundado ni en la especulación sensacionalista. El estudio de esta figura, lejos de robarnos la paz, debe conducirnos a exaltar a Cristo, cuya victoria sobre el hombre de pecado ya está sellada en la Palabra de Dios.
Los nombres del Anticristo en la Escritura
La Biblia se refiere a este personaje mediante diversos títulos que, en su conjunto, revelan su carácter y su función profética. El apóstol Juan es el único que emplea el término preciso anticristo:
"Hijitos, ya es el último tiempo; y según vosotros oísteis que el anticristo viene, así ahora han surgido muchos anticristos; por esto conocemos que es el último tiempo." (1 Juan 2:18)
Juan distingue entre "muchos anticristos" —el espíritu de negación de Cristo presente en toda época— y el Anticristo escatológico, una persona definida que ha de venir. El prefijo griego anti comunica tanto oposición ("contra Cristo") como sustitución ("en lugar de Cristo"). El Anticristo será ambas cosas: enemigo declarado del Cordero y falso mesías que reclamará para sí la adoración que solo pertenece a Dios.
Pablo lo denomina "el hombre de pecado" y "el hijo de perdición":
"...no vendrá sin que antes venga la apostasía, y se manifieste el hombre de pecado, el hijo de perdición, el cual se opone y se levanta contra todo lo que se llama Dios o es objeto de culto; tanto que se sienta en el templo de Dios como Dios, haciéndose pasar por Dios." (2 Tesalonicenses 2:3-4)
Daniel lo describe como "el cuerno pequeño" que crece entre los diez cuernos de la cuarta bestia (Daniel 7:8) y como "el príncipe que ha de venir" (Daniel 9:26). Juan, en el Apocalipsis, lo presenta como "la bestia" que sube del mar (Apocalipsis 13:1). Cada título aporta una faceta: su blasfemia, su origen gentil, su poder político y su naturaleza bestial y satánica.
Su origen y naturaleza
La interpretación literal de las profecías nos lleva a afirmar que el Anticristo será un hombre gentil, surgido del contexto del Imperio Romano revivido, es decir, de una confederación de naciones que ocuparán el territorio del antiguo imperio. Daniel lo vincula al "pueblo de un príncipe que ha de venir" (Daniel 9:26), el mismo pueblo que destruyó Jerusalén en el año 70 d.C.: los romanos.
Su poder no será meramente humano. La Escritura enseña que estará energizado directamente por Satanás:
"...cuya venida es por obra de Satanás, con gran poder y señales y prodigios mentirosos." (2 Tesalonicenses 2:9)
El Anticristo es, en cierto sentido, la falsificación satánica de Cristo. Así como el Padre envió al Hijo, Satanás enviará al hombre de pecado. Así como Cristo resucitó, el Anticristo aparentará recuperarse de una herida mortal (Apocalipsis 13:3). Y así como el Espíritu Santo glorifica al Hijo, el falso profeta —el segundo miembro de esta trinidad demoníaca— dirigirá la adoración del mundo hacia la bestia.
La carrera profética del Anticristo
Ubicar cronológicamente al Anticristo es donde el dispensacionalismo aporta su mayor claridad. Su manifestación pública está intrínsecamente ligada a la septuagésima semana de Daniel, ese período de siete años que la Escritura llama la Tribulación.
El pacto con Israel
La carrera del Anticristo comienza formalmente cuando confirma un pacto con la nación de Israel:
"Y por otra semana confirmará el pacto con muchos; a la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la ofrenda." (Daniel 9:27)
Este pacto de siete años, probablemente una garantía de paz y seguridad para Israel, marca el inicio oficial de la Tribulación. Es importante notar que este evento, y no el Rapto, es la señal que inaugura el día del Señor sobre la tierra.
La abominación desoladora
A la mitad del período —tras tres años y medio— el Anticristo rompe su pacto, hace cesar el culto en el templo reconstruido y comete lo que Jesús llamó "la abominación desoladora":
"Por tanto, cuando veáis en el lugar santo la abominación desoladora de que habló el profeta Daniel (el que lee, entienda)..." (Mateo 24:15)
En ese momento, tal como anunció Pablo, se sienta en el templo de Dios proclamándose a sí mismo como Dios y exige adoración universal. Quien rehúse recibir su marca —el infame "666"— no podrá comprar ni vender, y muchos serán martirizados (Apocalipsis 13:15-18). Estos últimos tres años y medio constituyen la Gran Tribulación, el tiempo de mayor angustia que el mundo haya conocido.
La Iglesia y el Anticristo: por qué no lo veremos
Aquí reside una de las mayores consolaciones de la esperanza dispensacionalista. La Iglesia no atravesará la Tribulación ni verá manifestarse al Anticristo. Pablo enseña que algo —o Alguien— lo detiene actualmente:
"Y ahora vosotros sabéis lo que lo detiene, a fin de que a su debido tiempo se manifieste. Porque ya está en acción el misterio de la iniquidad; sólo que hay quien al presente lo detiene, hasta que él a su vez sea quitado de en medio." (2 Tesalonicenses 2:6-7)
El que detiene (ho katéjon) es, según la mejor interpretación, el Espíritu Santo obrando a través de la Iglesia. Mientras la Iglesia permanezca en la tierra como templo del Espíritu, el hombre de pecado no puede manifestarse plenamente. Solo cuando la Iglesia sea arrebatada en el Rapto pre-tribulacional, quitándose así el elemento restrictivo, se levantará el telón para la revelación del Anticristo.
Esta verdad subraya la distinción fundamental entre Israel y la Iglesia. La septuagésima semana de Daniel está determinada "sobre tu pueblo y sobre tu santa ciudad" (Daniel 9:24), es decir, sobre Israel, no sobre la Iglesia. La Tribulación es el tiempo de la angustia de Jacob (Jeremías 30:7), el instrumento con el que Dios purificará a un remanente de Israel y lo llevará al arrepentimiento y a la fe en su Mesías. La Iglesia, salvada por gracia y sellada con el Espíritu, no está destinada a la ira:
"Porque no nos ha puesto Dios para ira, sino para alcanzar salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo." (1 Tesalonicenses 5:9)
El fin del Anticristo: la victoria de Cristo
Por muy aterradora que sea su carrera, el destino del Anticristo ya está escrito, y es la derrota total. Su gobierno de terror termina abruptamente con la segunda venida de Cristo en gloria. Pablo lo declara con majestuosa sencillez:
"...y entonces se manifestará aquel inicuo, a quien el Señor matará con el espíritu de su boca, y destruirá con el resplandor de su venida." (2 Tesalonicenses 2:8)
El Anticristo no cae tras una batalla prolongada ni por medio de estrategias humanas. Basta el aliento de la boca del Señor. Juan describe su fin definitivo:
"Y la bestia fue apresada, y con ella el falso profeta... Estos dos fueron lanzados vivos dentro de un lago de fuego que arde con azufre." (Apocalipsis 19:20)
El falso mesías que exigió la adoración del mundo es arrojado, vivo, al lago de fuego, mientras el verdadero Rey de reyes establece su reino milenial de justicia y paz. La falsificación es desenmascarada; el original triunfa.
Aplicación pastoral
¿Qué debe producir en nosotros este estudio? En primer lugar, sobriedad y no obsesión. No estamos llamados a identificar al Anticristo en los titulares de cada día, sino a velar y ser fieles. El creyente que espera el Rapto no busca al Anticristo, sino que aguarda a Cristo.
En segundo lugar, esperanza y consuelo. La misma carta que nos advierte sobre el hombre de pecado nos recuerda que hemos sido llamados "para alcanzar la gloria de nuestro Señor Jesucristo" (2 Tesalonicenses 2:14). No caminamos hacia la ira, sino hacia el encuentro con nuestro Redentor.
En tercer lugar, urgencia evangelística. Si la Iglesia ha de ser arrebatada antes de la revelación del Anticristo, entonces la ventana de la gracia presente es el tiempo de proclamar el evangelio. Solo por gracia, mediante la fe, en Cristo solo, hay salvación de la ira venidera.
Conclusión
El Anticristo es una realidad futura, un hombre concreto que encabezará el imperio final de la rebelión humana bajo el poder de Satanás. Pero por más impresionante que sea su ascenso, su historia es la de un usurpador condenado desde antes de comenzar. La profecía bíblica no exalta al hombre de pecado; lo pone en su lugar: bajo los pies del Cristo victorioso.
Que el estudio de estas verdades no nos deje mirando hacia el abismo, sino levantando la vista al cielo, de donde esperamos al Salvador, el Señor Jesucristo. Él es, y siempre será, la bienaventurada esperanza. Maranatha: el Señor viene.